miércoles, 24 de noviembre de 2010

A partir de la reescritura se puede mejorar nuestra redacción



Años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era en ese entonces una aldea de veinte casas de barro construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

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